Alexander Payne habrá estudiado artes escénicas en la Universidad de California y español e historia en la Universidad de Stanford, pero su verdadero mérito es saber usar el cine para analizar la soledad humana. Que se entienda bien, este cineasta estadounidense tiene una maestría en dibujar con imágenes y parlamentos seres tristes, desamparados y nostálgicos.
El que estuvo casado entre 2003 y 2006 con la actriz Sandra Oh (la Cristina de Grey´s Anatomy), es dado a presentar matrimonios en decadencia que terminan en divorcio, adulterios como válvula de escape o de autodestrucción y la soledad y el dolor que trae consigo cuando una relación sentimental se acaba.
Una buena parte de sus personajes es gente que está separada de los demás por decisión propia o como una consecuencia de su carácter o sus decisiones los llevan a que los demás los aislen. Esto le ocurre tanto a una estudiante de secundaria que de todas maneras quiere ser líder en su escuela, a una indigente drogadicta que juega a ser responsable, a un jubilado viudo que no le encuentra el sabor a la vida, a un escritor que no sabe en qué enfocarse, a un actor mediocre que pretende ser feliz y a un hombre que descubre que su esposa enferma le fue infiel cuando estaba sana.
Como ven, los largometrajes de Payne no servirían de mucho en una sesión de autoayuda ni para salvar a nadie de la depresión. Quizás por eso su cine es más estimado en Europa que en su propia tierra, pues en el viejo continente eso de ser testigos de guerras mundiales les ha dado razones por las cuales entender los dramas desgarradores. Mientras que si hay algo irresponsable que ha hecho el cine de Hollywood es acostumbrar a los espectadores a que la felicidad existe en todo momento, y que nos llega de forma ineludible. VEA 2B
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Guatemala, jueves 09 de febrero de 2012 | 13:05:03 