Hace unos días platicábamos con mis compañeros de almuerzo sobre el tema de los espantos y cosas por el estilo. Ninguno tenia una experiencia realmente espeluznante que contar, yo solo recordé un susto que me dieron y ahora les comparto la historia:
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Tenía cerca de 8 años y en ese tiempo teníamos oportunidad de jugar en la calle sin mayor pena. Era común que cerca de la segunda semana de octubre ya estuviéramos fuera del colegio por lo que las tardes de juegos eran largas. Eramos un grupo de 6 o 7 vecinos que pasábamos la tarde entre aventuras en bicicleta, juegos de Baseball en estas fecha o de Foot en el verano.
Cerca del 31 de octubre empezábamos a tener platicas sobre espantos, de muertos vivientes, hasta buscábamos libros con las leyendas de Guatemala para leerlas. Recuerdo lo nerviosos que nos poníamos, y como empezábamos a ver sombras inexistentes, ruidos, y más tarde en casa a tener pesadillas con eso que habíamos platicado.
Una de las historias más impresionantes en aquellos años era la leyenda de la llorona. Imaginábamos a la señora de blanco gritando por sus hijos y que nosotros por estar solos jugando en la noche éramos indefensos si nos quería agarrar. En el parque Villa Verde vivimos grandes aventuras, entrada la noche el juego favorito era chibiricuarta. Era jugar a esconderse mientras alguien debía buscar al resto en un campo que tenía una periferia de arboles a los que podíamos trepar, una montaña de tierra con resbaladeros que era lo suficiente grande para esconderse atrás y otros múltiples obstáculos que permitían esconderse facilmente, más aun de noche con poca iluminación artificial. Recuerdo que después de contar historias de miedo costaba mucho jugar Chibiri, como le decíamos. Nadie quería esconderse solo, en silencio, en un lugar oscuro esperando a que lo encontraran. Por ejemplo nadie quería ir al campo de foot, donde el espanto del taxista aparecía, el que decían que habían encontrado muerto cerca de la portería después del terremoto del 76. Era común que alguno regresara alegando que había perdido, porque sentía que lo tocaban o que le hablaban. Yo como buen miedoso solía estar cerca o andábamos en grupo en lo profundo del parque.
Una noche todo estaba en silencio y solo el Pato (era su apodo) estaba caminando tratando de escuchar o ver a alguien escondido. Daba pasos cortos y pausados, se agachaba e investigaba. A veces se quedaba quieto esperando a que los otros pensaran que estaba lejos para que se descuidaran.
Chily y yo estábamos en uno de los extremos del parque, atrás de la montaña de tierra. El monte era un poco alto y estábamos agazapados atrás de unos pequeños arboles que hacían de cerca a la montaña de resbaladeros. Todo estaba en silencio, el Chily era algo parlanchín, con grandes capacidades para imaginar cosas por eso era tan hábil cuando armábamos bases de pelea para los G.I. Joe. Esperábamos escondidos mientras vigilabamos que el Pato no se acercara, en ese silencio de pronto empezamos a escuchar gritos a lo lejos; venían del [...]
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Guatemala, lunes 21 de mayo de 2012 | 14:15:42 