Guatemala Guatemala, viernes 10 de febrero de 2012 | 02:56:28 |
 
 

ADIÓS ALICIA

Ella nació en 1920, el mismo año del nacimiento de Mario Benedetti, Isaac Asimov y Ray Bradbury. A diferencia de ellos tres, Alicia Gudiel de Pereira, no se dedicaría a escribir sino a un oficio más mundano como el de ama de casa. Apenas, varias décadas después, mi abuela me regalaría un libro titulado Los Pitones de Selene, al saber que me gustaba escribir poesía. A ella le gustaba escuchar boleros. Compartimos la melancolía.

Poco sé de la infancia de mi abuela que mientras escribo esto agoniza en una cama de un hogar de ancianos, sé - eso sí - que fue adoptada y que había sido designada en consulta familiar a ser la que cuidaría a su mamá en la vejez, es decir, a ser una solterona. No conozco su versión del caso, pero no estoy muy seguro de su aceptación plena de tan fatuo destino.

Sí sé, que no le pareció del todo, porque decidió irse con mi abuelo quien le dijo que se la robaba porque estaba enamorado de ella. En aquel entonces mi abuelo Alfonso trabajaba en Puerto Quetzal y le dijo que llegaría por ella en el tren del viernes por la tarde. Al contarlo a sus amigos, le despidieron de soltero y apareció en el tren del lunes de la mañana, borracho como cuba, a llevársela a vivir al puerto.

Pasó tres días sentada en la estación esperando por su flamante prometido, pero el regreso a la casa paterna ya era un imposible. No puedo imaginar la angustia de esas horas y la gente mirándola con su valija en espera del mujeriego que fue mi abuelo. Es para escribir una novela pero creo que García Márquez ya agotó el tema.

La conocí y la quise como se quieren a las grandes abuelas. Esos seres de amor y desprendimiento que se convierten las madres. Tenía una tienda enorme, Miscelánea Alicia, una especie de supermercado de pueblo que tenía de todo. Aun tengo la imagen de ese techo altísimo que era la casona de esquina de mis vacaciones de fin de año, vivía para ello, era respetada con esa reverencia provinciana que ya no conozco.

El bullicio del mercado de enfrente y ella caminando, siempre ocupada en menesteres que nunca sabré, en la espera constante de mi abuelo que buscaba algo por el mundo que nunca encontró, y nosotros en medio, mi hermano y yo. Así nos formamos, en la casona de Escuintla cada vacaciones de fin de año, cada uno su personalidad.

Mi hermano el incasable trabajador que atendía la tienda, partía trozos de magdalena para vender junto al fresco de crema, perseguía moscas - mi chaparro - para ayudar a la limpieza. Comía galletas, limpiaba el mostrador con sus seis años. Yo, metido en los libros del abuelo, leyendo Revista La Semana, enterándome de hechos históricos, devorando libros, páginas, oraciones, palabras, letras, fonemas, sonidos, parapetado en la literatura. Enamorándome a los [...]

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