(Con esta crónica celebro el cambio de header de Fe de Rata, ahora por el talentoso artista Alejandro Azurdia, disfruten).
Desconfío de los sucios hippies como si el mismo diablo me ofreciera coca (ya lo hizo el hijo de puta y me vendió anfeta molida y desde entonces no siento el olor a café). En su supuesta rebeldía contra todo lo que huela a establishment son capaces de estafar hasta a un Bodhisattva en ciernes como yo. Y luego se regodean entre ellos luciendo su breve presea como la gran victoria del milenio, los ignorantes marihuanos esos.
Hay dos clases de hippies, los de playa, que no son otros que el hippie heredero de la tradición nómada que cuando se quedan sin dinero, trabajan en bares o restaurantes informales para acumular dinero para seguir su huída del trabajo duro tal lo conocemos. Estos son los más peligrosos porque en aras de cumplir sus deseos personales antisistema, se saltan las normas sociales de convivencia básicas. Ya vimos lo que pasó en ese clásico del cine de 1991 Point Break, donde un rubio surfista de ojitos azules pero infames, llamado Bodhi (interpretado por el gurú de la pelea ballet y sexo bailarín, Patrick Swayze, que Dios lo tenga en su gloria y las 11 mil vírgenes en medio de sus piernas) casi mata a la novia de Johnny Utah por hueviar pisto e irse a surfear a Sipacate, o una playa parecida. Afortunadamente el personaje de Keanu lo verguió dejando para siempre de ser un agente del FBI, dedicarse a hackear sitios estatales y convertirse en Neo.
Bueno, volviendo al tema, otro tipo de hippies son los hipsters, que no son otra cosa que hippies sin huevos de salir al mundo, y se escudan en el arte como ejercicio de resistencia. Resistencia a la excelencia, claro, porque son una bola de mediocres. Afortunadamente, esta ralea es menos dañina y con encenderles la luz, pueden ver cómo salen a esconderse en las alcantarillas, que es una forma de llamarle a los bares y galerías de plástica del centro de la ciudad.
Pero suficiente de ver gente sobre el hombro, porque si algo saben ustedes, es que a mí no me gusta hablar mal de las personas, claro que no. Menos el chisme, cosa que detesto. A la acción: me encontraba en Playa del Carmen en Quintana Roo deambulando por la 5ª. Avenida y ya me meaba y necesitaba llenar de nuevo el tanque. Casi sólo habían restaurantes y se me hacía de mal gusto entrar y usar sus instalaciones así nada más, ya me conocen ustedes que soy una persona recatada. Quería algo más informal y lo encontré, un barcito (ver la foto que tomé y que ilustra la crónica) que no recuerdo el nombre y que se accedía a él subiendo unas muy empinadas gradas y decorado al estilo informal que me ha dado por llamarle “rascuache cosmo”. [...]
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Guatemala, jueves 17 de mayo de 2012 | 07:34:27 